Adiós, grullas, adiós (I) por Francisco Martínez

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Cuando las primeras luces del alba no habían siquiera comenzado a clarear por el horizonte, una caravana integrada por cerca de una veintena de coches avanzaba iluminando con sus faros uno de los muchos y polvorientos caminos que se internan en el vasto páramo que se extiende en torno a la laguna de Gallocanta.

Habíamos -y me incluyo en el equipo- madrugado para apostarnos en un lugar estratégico desde el que captar el vuelo de las grullas en su salida diaria para buscar alimento -en la etapa que precede a su viaje migratorio hacia las tierras más septentrionales de Europa y Rusia- y durante la espera, para matar el tiempo y combatir el frío -el termómetro marcaba siete grados bajo cero- estuvimos entretenidos fotografiando todo aquello que nos parecía destacable.

Foto:  Paco Medina
Foto: Esther Naval

Llegado el momento, la tenue luz de la aurora comenzó a hacerse visible en la lejanía anunciando la inminente aparición del sol, al tiempo que en el paisaje surgieron las primeras sombras y con ellas la formación de relieves y demás reflejos lumínicos; lo que fue aprovechado para la fotografía antes de que las grullas hicieran acto de presencia en el inmaculado cielo que en esa gélida mañana nos cubría.

Y por fin, el primer bando de grullas centró toda nuestra atención al divisar su presencia en el espacio ofreciendo su característica estampa: vuelo con el cuello estirado y amplias batidas de alas acompañado de un incesante gruir que va anunciando su paso a kilómetros de distancia.

Pero como la fauna salvaje -en general- tiene sus propias costumbres y su comportamiento no siempre coincide con lo que previamente se espera de ella, las grullas de marras, a las que esperábamos «bien situados», salieron desde la laguna por distinta dirección a la deseada y tuvimos que conformarnos con tomar imágenes de su desplazamiento a centenares de metros de distancia respecto al objetivo de las cámaras. Nuestro gozo en un pozo… como señala el refrán.

Foto:  David Andrade

El persistente tableteo de las cámaras -como si el dedo de la mano se hubiera quedado pegado al disparador- no dejó de resonar hasta que la última grulla desapareció a lo lejos, sin quedarle más opción al fotógrafo que apartar la vista del visor y aceptar que la mayor parte de las imágenes obtenidas de este vuelo acabarían en la papelera.

Con cara de póquer nos quedamos todos antes de volver a los coches y emprender el camino de regreso. «Será esta tarde, cuando regresen, el momento de pillarlas bien», nos dijimos y nos fuimos tan convencidos. Otra vez a los coches, y envueltos en la nube de polvo que levantábamos a nuestro paso nos fuimos a desayunar; porque no sólo las grullas necesitan alimentarse…

Y así iba transcurriendo la quedada de AEFONA que el día anterior comenzó su andadura en el Centro de interpretación de Bello; el cual, curiosamente, estaba cerrado porque, según parece, la época invernal está considerada por el Gobierno de Aragón como «temporada baja». Quizá en verano, cuando no haya una sola grulla que poder observar, se considere «temporada alta» y el centro permanezca abierto. El mundo al revés.

Foto:  Paco Medina

Como enormes gigantes dispuestos a envolver entre sus descomunales brazos a quien llegara a ponerse a su alcance me parecieron las centenarias encinas del bosque al que nos llevó, a continuación, nuestro compañero y organizador del encuentro, Uge Fuertes; quien antes nos había invitado a que no divulgáramos su ubicación para evitar, en lo posible, una segura y progresiva degradación futura de tan majestuoso entorno.

En este encinar «encantado» -en el que fuimos, por cierto, muy bien recibidos por los gigantes arbóreos que lo habitan- hubo tiempo y espacio suficiente para que todos pudiéramos trabajar a voluntad y sin agobios. Y aprovechando que el dios Helios había decidido obsequiarnos con sus cálidos rayos, para compensar el frío que horas antes nos había deparado su hermana Eos, hubo ocasión también para la charla relajada y alguna que otra anécdota a propósito de la excelente atmósfera reinante. Tanto por la temperatura como así por la extraordinaria relación de convivencia dentro del grupo.

Foto:  Paco Medina
Foto:  Michel Quílez
Paco Medina protegiéndose de los rayos solares. Foto:  Paco Martínez
Foto:  José Luis Llopis

Antes de acudir a nuestra cita vespertina con las grullas, para lo que aún quedaban algunas horas, el día habría de depararnos nuevas sorpresas; como fue pasar de un bosque real, aunque fantástico por lo asombroso de su naturaleza, a otro que, a pesar de parecer cierto, no era, sin embargo, lo que aparentaba… según el poder de la imaginación.

En verdad se trataba de unas formaciones de pirolusita dentrítica arborescente, o lo que es lo mismo: un mineral del grupo de los óxidos  -químicamente dióxido de manganeso- que suele presentarse en forma de agregados cristalinos fibrosos y que, curiosamente, aparecían en la fachada de una vivienda particular a la que nos condujo nuestro amigo Uge.

Foto:  Paco Medina

«Esta vez no se escapan», era la frase más repetida entre el grupo de fotógrafos de AEFONA -había otras muchas personas, algunos ornitólogos, esperando también la llegada de las grullas esa misma tarde- y todos teníamos la esperanza de poder conseguir la deseada imagen que compensara la prolongada y fría espera sufrida horas antes, en el transcurso de la madrugada, y que se saldó con una decepción generalizada por las escasas posibilidades que se nos ofrecieron.

Foto: Paco Medina

De nuevo, con los trastos a punto como si de una orquesta se tratara, y preparados para entrar en acción a la primera señal, sólo faltaba lo más importante: que aparecieran en el cielo las aves en su regreso a la laguna de Gallocanta; adonde volverían para pernoctar y en cuyo momento fijábamos ahora todas nuestras expectativas.

Foto:  Paco Medina

El inexorable paso del tiempo fue dando lugar a que la llegada del ocaso se precipitase antes de que las grullas hicieran acto de presencia… Y así, de repente, aparecieron en el cielo en perfecta formación cuando era ya demasiado tarde para capturar una imagen medianamente aceptable debido a la escasez de luz.

Como ya ocurriera por la mañana, sólo fueron posibles -en su mayoría-aquellas fotografías en las que las aves, lejos en el cielo de un atardecer espectacular, quedaban recortadas sobre un fondo escarlata que parecía desprender fuego. Y otra vez la decepción a pesar de la magnífica estampa visual que nos regalaba la naturaleza.

 

Foto:  Esther Naval

«Pero aún nos queda la jornada de mañana…», fue el resignado comentario más escuchado a continuación; mientras nos aferrábamos a la esperanza de que, por fin, al día siguiente se dieran las circunstancias idóneas que nos permitieran obtener aceptables registros en vuelo de estas singulares aves.

 

 

 

 

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