Adiós, grullas, adiós (III) por Francisco Martínez

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El día amaneció espléndido -como lo fue el anterior- y al observar su nítido cielo azul era fácil presagiar una excelente jornada fotográfica de cara al objetivo por todos perseguido; que no era otro sino el de obtener óptimas imágenes de las grullas antes de que estas emprendieran el inminente vuelo migratorio hacia sus zonas de cría.

Y esta ocasión era el último «cartucho» que restaba por consumir, puesto que la quedada, en unas horas, tocaría a su fin y con ello llegaría nuestra despedida. Pero antes, y como recordatorio futuro de la excelente experiencia vivida en Gallocanta se decidió inmortalizar el hecho mediante la oportuna fotografía de grupo.

Y ahí surgió la anécdota con su rostro más hilarante… Una vez conseguido que todos formáramos una agrupada familia -muy bien avenida, por cierto- posando entre bromas y chascarrillos -algunos imitando el vuelo y gruir de la grulla- resultó que, transcurridos varios minutos, se advirtió que no había cámara instalada ni fotógrafo dispuesto a la toma de la instantánea… Estábamos protagonizando, sencillamente, un divertido y vano brindis al sol.

De nuevo las chanzas acompañadas de risas hasta que nuestro presidente, Pablo Bou, decidiera -quizás por la responsabilidad de su alta función o empujado por el grupo- salir a instalar una cámara prestada y apretar el disparador a la voz de: preparados… listos… Y el retrato surgido de ese momento será testigo eterno de la amistad y camaradería que nos unió durante estos admirables días de actividad fotográfica en Gallocanta.

 

Foto:  Paco Martínez

Cuando las primeras grullas comenzaron a sobrevolar nuestras cabezas se optó por acudir sin más demora a establecer nuestras posiciones junto a las cercanas ruinas del castillo de Santed; fortificación medieval levantada sobre un cerro desde el que se divisa, sin obstáculo que perturbe la vista, la extensa llanura que se extiende al frente hasta alcanzar la línea del horizonte.

Una vez instalados en este elevado promontorio se produjo, de repente, un asombroso prodigio… Las grullas comenzaron a dirigirse hacia nosotros, en sucesivas oleadas y en perfecta formación en «V», como si una señal invisible las atrajera hacia el lugar en el que nos encontrábamos; y sobrevolándonos iban y venían hasta que nuevas bandadas llegaban para relevar a las anteriores y así continuar con el espectáculo.

Foto:  Esther Naval
Foto:  Paco Martínez

Sus precisas idas y venidas, sus vuelos de exhibición, componían una coreografía semejante a un ballet coordinado con destreza por estas aves. Era su manera evidente de despedida -en compensación, posiblemente, por los desencantos provocados en anteriores ocasiones- antes de emprender su definitivo viaje migratorio.

Foto: Esther Naval

 

Foto:  Pablo Bou

Y así permanecieron las grullas danzando y cruzándose en el aire, sobre las torres del antiguo castillo, hasta que en nuestras tarjetas de memoria no quedó espacio para una sola imagen más.

Foto:  Julia Silva

Después, volvieron a desaparecer y solo nos quedó seguir contemplando el cielo totalmente diáfano que nos cubría mientras de nuestras mentes brotaba, mayoritariamente, un pensamiento que era de despedida: adiós, grullas, adiós…

Será hasta la próxima.

Febrero de 2017

 

 

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1 comentario en “Adiós, grullas, adiós (III) por Francisco Martínez

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