Ascensión al Lhotse. Avalancha (y7)

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Son las ocho de la mañana en España (sábado, 25 de abril) cuando tengo conocimiento del devastador terremoto registrado horas antes en Katmandú en el que, hasta ese momento, se había cobrado ya la vida de centenares de personas mientras media ciudad permanecía en ruinas con incontables víctimas enterradas aún bajo los escombros.

Poco después me llega a través del teléfono vía satélite la voz de Javier, entrecortada por la excitación, para decirme, desesperado, que un terremoto había provocado una enorme avalancha procedente del monte Pumori y sepultado parte de las instalaciones del campo base del Everest, aunque él y su compañero Ricardo, afortunadamente, no habían sufrido daños.

La confusión en esos trágicos instantes es total… y a preguntas mías me confirma que hay víctimas mortales -dice haber visto, al menos, cuatro cadáveres- y de los heridos se atreve a aseverar que pueden sobrepasar el medio centenar. Poco más pude sonsacarle, sobrecogido como estaba ante el inmenso caos que la avalancha había dejado a su paso.

En principio, me di por satisfecho al saber que tanto él como su compañero Ricardo habían sobrevivido a tan dramático accidente natural. Pero esperaba más noticias… Era urgente seguir hablando con Javier para conocer más detalles de lo ocurrido en tan apartado e inhóspito paraje.

Horas después vuelvo a mantener comunicación telefónica con Javier en la que me informa de que la avalancha de nieve y rocas que se precipitó sobre ellos había devastado la parte central del campo base, donde estaban instaladas las tiendas pertenecientes a expediciones chinas y japonesas y que, a pesar del desconcierto, se habían apresurado a levantar una especie de hospital de campaña para atender a los heridos, algunos de ellos muy graves.

Las pésimas condiciones meteorológicas reinantes en la zona, sigue nevando según subraya Javier, no contribuyen a facilitar la pronta evacuación de los heridos en helicóptero, único medio rápido de salida ya que se necesitarían varios días de marcha hasta llegar a Pheriche, la aldea más próxima, donde hay instalado un rudimentario hospital que atiende a los montañeros que han sufrido mal de altura.

La espera es exasperante, como me confirma Javier alarmado -a quien, además, le preocupa una herida que tiene en una mano, la cual se produjo mientras atendía en las tareas de socorro- ya que no pueden hacer nada sino aguardar a que mejore el tiempo para que los helicópteros puedan acceder al lugar e iniciar entonces las tareas de evacuación.

Al día siguiente, en una nueva conversación, pregunto a Javier por su compañero Ricardo y me comenta que había abandonado el campo base, junto con dos peruanos, para bajar caminando hasta Lukla. No hago comentarios, pero esta nueva noticia me deja perplejo ya que a mí, como montañero que también fui en mi juventud, jamás se me hubiera ocurrido. Porque en este arriesgado deporte es de ley que ningún alpinista abandone a su compañero -y menos encontrándose herido- a no ser en casos extremos en que se precise acudir en busca de ayuda. Juntos salieron y juntos deberían, a mi juicio, haber regresado. Prestándose, en todo momento, mutuo apoyo.

El temor a nuevas sacudidas cunde en el campo base, hasta donde -según me dice Javier- han llegado noticias en ese sentido. Intento calmarle, al advertir el miedo en su voz, y le aseguro no haber nada de cierto en ello -aunque estimo que esa posibilidad podría darse- por lo que le recomiendo tome precauciones y, ante todo, que no permita que el desasosiego se apodere de él.

Otra noche más de vigilia en las tiendas de campaña -donde todo el mundo está con el oído alerta y preparado para refugiarse ante la menor sospecha de un nuevo movimiento de tierras- se hace interminable mientras se aguarda a ver la luz del amanecer con la esperanza puesta en que el tiempo comience a cambiar y puedan salir de ese infierno en el que se encuentran atrapados.

Por fin, la situación meteorológica ha mejorado lo suficiente y los helicópteros comienzan a aparecer con frecuencia para evacuar a los heridos, quienes son trasladados hasta Katmandú para ser atendidos de sus lesiones.

Evacuación de heridos del campo base del Everest - Foto Javier Camacho
Evacuación de heridos del campo base del Everest – Foto Javier Camacho

Llega el martes, 28 de abril, y Javier es evacuado también en uno de estos helicópteros y llevado hasta Lukla, donde vuelve a establecer contacto conmigo para decirme que se encuentra bien y que su herida mejora tras las primeras curas de urgencia. Lo peor ya ha pasado… pero no me tranquiliza el pésimo estado anímico que observo en él.

Una vez más, la naturaleza ha exhibido su inmenso poder de destrucción, ante lo que nada podemos hacer sino aceptar con humildad nuestra inferioridad y esperar a que, de nuevo, vuelva a mostrarnos su lado más amable y benevolente para reanudar sobre el terreno aquellos proyectos que ahora quedaron interrumpidos tan violentamente.

Y como un homérico Ulises que regresa a su patria dejando atrás el horror causado por la destrucción, Javier ha vuelto a su hogar para encontrarse nuevamente con los suyos y reanudar su vida normal. Fin de esta odisea…

Francisco Martínez Romón

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