Jon A. Juárez y su imprevista atracción por los zorros, por Francisco Martínez

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Quienes tuvimos ocasión de asistir al último congreso anual de AEFONA -en Antequera- pudimos conocer personalmente al joven fotógrafo catalán Jon Andoni Juárez, quien durante la exposición de su ponencia nos cautivó con el relato de una gratificante historia protagonizada por una familia de zorros a la que conoció en el Jardín Botánico de Berlín.

Me cuenta Jon Andoni -en relajada charla tiempo después- que uno de los mejores momentos que recuerda haber vivido en la naturaleza fue cuando vio aparecer de dentro de la madriguera de la señora raposa -a la que había estado estudiando y fotografiando durante semanas- a «seis preciosas bolitas de pelo gris correteando alrededor de la madre». Pero vayamos al principio…

«Mi historia con estos bellos e inteligentes animales empezó hace ya algunos años, cuando tuve la oportunidad de trabajar como fotógrafo en el Jardín Botánico de Berlín», evoca con evidente emoción. «Y aunque entonces no podía imaginarlo, ese trabajo me daría la oportunidad de conocer de cerca, y tratar, a estos pequeños cazadores», subraya.

Licenciado en Biología por la Universidad de Gerona, Jon Andoni se trasladó a Berlín para colaborar con un grupo de investigación de la Freie Universität en temas relacionados, entre otros, con el comportamiento de las abejas. Posteriormente, finalizado el contrato y a punto de regresar a España, aceptó trabajar como fotógrafo para el Jardín Botánico de la capital alemana, donde daría comienzo su aventura con los zorros que frecuentan este recinto natural protegido y cuya existencia le era, hasta entonces, desconocida.

Al rememorar estos acontecimientos, Jon Andoni se apasiona en el relato y comenta: «Nunca olvidaré la primera vez que tuve la suerte de cruzarme con un zorro. Se trataba de un macho adulto que surgió de repente desde detrás de unos arbustos para, tras unos segundos que me parecieron infinitos, volver a desaparecer entre otro grupo de matorrales cercano».

«Recuerdo -añade- que el animal tenía en aquel momento una mirada recelosa; y mientras se alejaba de mí no dejaba de observarme con manifiesta desconfianza, temeroso tras el impacto causado por mi presencia en aquel solitario lugar. Y aunque reaccioné enseguida manejando la cámara fotográfica, el resultado que obtuve de aquel encuentro fue decepcionante».

«Y desde ese instante -afirma concluyente- tuve muy claro una cosa: debía aprovechar al máximo este tropiezo con el zorro; por lo que, a partir de entonces, decidí emplear mis cinco sentidos cada vez que me movía por el amplio espacio interior del Botánico».

Cuenta Jon Andoni a continuación que su segundo encuentro con el zorro no tardó en producirse. Pero esta vez iba preparado y con la cámara pronta a disparar… «Al ver al animal me dispuse a seguirlo con la intención de tomar el mayor número posible de fotografías -dice reviviendo el instante- y así sucedió».

«Fueron tantas las imágenes obtenidas que me llevó tiempo procesarlas… Y desgraciadamente con un resultado parecido al anterior. Nada que valiera la pena», añade con un gesto de frustración. «No era lo que yo andaba buscando una vez me hubiera topado de nuevo con el animal».

«Con el tiempo, y después de varias aproximaciones, no lograba mejorar la calidad de las imágenes. Seguía sin acertar. Y entonces llegué a la conclusión de que algo debía estar haciendo mal… Hasta que entendí que ir tras el animal no era la mejor manera de conseguir buenas fotografías», apunta Jon Andoni apoyándose en la experiencia adquirida.

«Pasaron las semanas y poco a poco me iba dando cuenta de que la mejor manera de acercarse a ellos era dejarlos en paz», Jon Andoni se queda unos instantes pensativo antes de proseguir: «A partir de entonces dejé de perseguirlos y en su lugar comencé a disfrutar de cada minuto que decidían quedarse a la vista… y fue así como comencé a ganarme su confianza».

Según el emotivo relato de Jon Andoni el tiempo fue discurriendo y llegó el otoño, estación en la que los encuentros solían ser fortuitos durante las horas de la mañana, cuando los zorros se movían en busca de alimento; pero al llegar la tarde observaba, casi a diario, cómo la interacción entre dos de estos ejemplares se volvía algo habitual: correteaban, jugaban, se perseguían…

«De vez en cuando había algún rifirrafe, pero en general las escenas eran muy afectuosas», momento en que Jon Andoni se preguntó si estaría asistiendo al inicio de una relación de pareja en temporada de celo.

«Me quedaba tardes enteras contemplando el espectáculo. Para mí era un gozo poder presenciar aquellas escenas sabiendo que no les molestaba, que de alguna manera me aceptaban, o quizá habían decidido ignorarme», aclara convencido.

«Pero conforme se acercaba el invierno las riñas se volvían más intensas y se producían con mayor frecuencia. No entendía el significado dada mi escasez de conocimientos al respecto. Sin embargo -subraya- todo era cuestión de tiempo».

Llegó el invierno y el frío se apoderó de Berlín. Y Jon Andoni cuenta cómo los zorros lucían ya un precioso pelaje, en el que los tonos oscuros daban paso a rojizos y anaranjados; aumentando considerablemente en densidad el abrigo invernal que ahora les cubría.

«Con la caída de las primeras nieves obtuve mis mejores imágenes y, al mismo tiempo, me llevé la primera gran sorpresa de la temporada… que no fue sino la aparición de un tercer zorro junto a la pareja que, en principio, había creído estaba formada por macho y hembra», según me explica Jon Andoni. «Era algo más grande -puntualiza- y más fuerte por su aspecto».

«Resultó que los dos ejemplares que conocía eran hembras y bastante jóvenes, una vez que pude compararlas con el macho. Parece ser que todas las riñas que había presenciado eran por posibles motivos de rivalidad entre ambas», puntualiza. «Y tras observar en profundidad fotos tomadas anteriormente pude percibir que había fotografiado tres encuentros distintos: las dos hembras juntas, y cada una de ellas por separado con el macho», añade.

Durante su permanente relación con los zorros del Jardín Botánico berlinés, Jon Andoni descubrió que estos animales llegan a ser muy sociables y que en algunos aspectos no son tan distintos de los humanos; viendo en ellos diferentes estados de humor según el momento y el día, al tiempo que comprobaba cómo cada ejemplar respondía a un tipo de personalidad totalmente distinta.

«La hembra más joven era un ser muy afable y tranquilo. Era tal la confianza, que se acercaba y se tumbaba cerca de mí como si buscara compañía; brindándome incontables momentos que meses atrás no podría siquiera haber imaginado», me asegura con evidente satisfacción.

«Sin embargo, la otra hembra era un mundo aparte. En su mirada se apreciaba desconfianza y hasta cierta provocación. Las sesiones con ella eran muy breves y se notaba su incomodidad en presencia de personas», detalla Jon Andoni.

Y prosigue: «Recordé que en los encuentros otoñales con la hembra más joven era ella la iniciadora de la mayoría de riñas, y la que provocaba que la otra se marchara a menudo, y literalmente, con el rabo entre las patas. Por lo que me llevó a pensar que, probablemente, me hallaba ante una hembra Alpha».

Preguntado por el tercer personaje aparecido en escena, Jon Andoni me responde que «del macho pude aprender pocas cosas. Al contrario que las hembras no vivía en el recinto del Jardín Botánico, por lo que los encuentros con él estuvieron muy limitados».

«Sólo puedo decir que su expresión facial derrochaba experiencia, y aunque no era muy desconfiado, las sesiones más largas disfrutando de su presencia dependía de si le tentaba o no con alguna golosina, aunque no soy partidario de esta costumbre, para facilitar los acercamientos que, de otra manera, no hubiera sido posible», agrega.

Según refiere Jon Andoni, los zorros utilizan varias madrigueras a lo largo de su vida. Algunas sirven para almacenar comida. Otras simplemente de escondite. Pero luego están las que utilizan como hogar. Estas últimas son las más grandes y suelen poseer varias entradas y salidas, por lo que encontrar el lugar adecuado para observar a los cachorros no suele ser tarea fácil.

«Las primeras floraciones ya habían llegado -prosigue- y eso significaba que la primavera estaba a la vuelta de la esquina. Las hembras habían aumentado claramente de tamaño, al menos a lo ancho, y sus tetillas empezaron a dilatarse».

Y entusiasmado con el recuerdo agrega: «Era principio de marzo y después de un par de días fotografiando a la hembra más joven me llevé una nueva sorpresa. Algo era distinto en su aspecto físico: mi compañera de aventuras había sido madre».

«Pero en esta nueva etapa, la joven raposa presentaba un aspecto algo fatigado al tiempo que su tamaño se había reducido considerablemente», me explica. «Desconozco la edad de aquella hembra, pero por su estado de estrés, que se percibía de lejos, mi inclino a pensar que era madre primeriza».

Confiesa Jon Andoni que desde entonces dejó de ver a la otra hembra -lo que le sorprendió- y sus encuentros frecuentes eran siempre con la joven madre en torno a la madriguera; a la espera de que llegara el día en que los cachorros decidieran salir del cubil para enfrentarse a las distintas situaciones que afuera les aguardaban.

«La primavera mostraba sus primeros colores y la vida se había apoderado del Jardín Botánico -recuerda- tanto en su superficie como en los árboles. Mi equipo estaba preparado desde hacía algún tiempo y yo aguardaba sentado cerca del agujero principal».

Jon Andoni hace una pausa para después continuar con su relato: «Como siempre, la hembra llegó puntual a su cita con las crías; llevaba varios ratones entre los dientes y entró en la madriguera para volver a salir transcurridos unos minutos».

De nuevo parece emocionarse con el recuerdo y le dejo seguir: «La sociable raposa escudriñó a su alrededor para comprobar que todo estaba tranquilo y tras observarme brevemente emitió una secuencia de sonidos hacia dentro del agujero… y poco segundos más tarde aparecieron seis preciosas bolitas de pelo gris correteando alrededor de la madre».

«Ese fue probablemente uno de los mejores momentos que he vivido en la naturaleza, por lo que no pude evitar que mi corazón se pusiera a latir aceleradamente mientras unas lágrimas de emoción se deslizaban por mis mejillas», me revela con unos ojos brillantes que vienen a corroborar la imborrable huella que esta experiencia ha dejado impreso en lo más profundo de los recuerdos de este entrañable fotógrafo.

Jon Andoni alcanzó un grado de convivencia tan cercano con esta joven familia de zorros que -según concluye- se comportaban con tanta naturalidad ante él que las sesiones fotográficas se prolongaban sin que los animales dieran muestra alguna de cansancio; sino todo lo contrario… daba la impresión de que había sido aceptado como parte inseparable del clan.

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