Selva de Irati, más allá de la leyenda

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Las primeras brumas otoñales que llegan arrastrando lentamente su volátil presencia por la extensa superficie de la selva de Irati, tras un prolongado y seco estío, destilan una fresca y sutil humedad que impregna la atmósfera de suaves y delicados aromas; emanados todos de las múltiples y heterogéneas plantas que alberga este bosque navarro ubicado principalmente sobre los valles de Aezkoa y Salazar.

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Presidiendo la entrada a este santuario de la naturaleza -en la vertiente que asoma al valle de Salazar- se yergue discretamente la figura de la ermita de la Virgen de las Nieves, que desde una sencilla atalaya da la bienvenida y alienta a todo aquel caminante que decide adentrarse en la enmarañada selva; cuyo nombre toma del río Irati, eje central en el que confluyen -en su parte inicial- más de setenta regatas que irrigan generosamente las tierras por las que discurren.

En este bosque de bosques -como así se le califica- se encuentran ejemplares de hayas y abetos de gran altura y dimensiones; y que junto con muchas otras especies de árboles y arbustos confieren un especial atractivo al paisaje, que se transforma con cada nueva estación del año.

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Cuenta la leyenda, por otra parte, que este inmenso paraje era el reino de Basajaun, personaje mítico y señor del bosque habitado también  por  las laminak;  unos seres mágicos de costumbres nocturnas que  vivían en cuevas, cerca de manantiales y arroyos, y no salían del bosque sino para hilar tejidos con la ayuda del huso y la rueca bien entrada la noche, entre otras diversas labores.

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De Basajaun se asegura que su enorme cuerpo tenía forma humana, con una cabellera que le cubría casi todo el rostro y le llegaba hasta las rodillas. Pero mientras uno de sus pies era normal el otro presentaba el aspecto de una gran pezuña.

A esta criatura se le consideraba protectora del bosque y de la naturaleza en general al tiempo que cuidaba de los rebaños; ya que a través de silbidos avisaba de la llegada de tormentas o de la presencia de lobos para que los pastores pusieran a resguardo a los animales. Como pago, solía recibir un trozo de pan que recogía cuando todos dormían.

Y a pesar de su montaraz apariencia, Basajaun era un ser alegre y de buen corazón -según reza el mito- que gustaba campar libremente sin que fuera molestado; por lo que a veces se paraba para extender sus grandes brazos y, abriendo sus formidables manos, simular ser un haya para pasar inadvertido a miradas indiscretas…

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Dejando a un lado la mitología local -producto de la imaginación y del miedo a  lo desconocido que antaño se diera entre pastores y vecinos de los pueblos vascones, y que considero pieza relevante del folclore popular transmitido entre generaciones-, accedo al interior del bosque para acercarme hasta la cascada del Cubo, salto de agua que se forma en el curso del río Urbeltza, cuyas aguas se mezclan más abajo con las del río Irati, frente a la ermita de la Virgen de las Nieves antes mencionada.

_MG_3939Es éste un lugar para la pausa y la contemplación serena, que induce al sosiego  y  que merece ser observado con el corazón… Sin prisas. Escuchar el suave discurrir del agua y el susurro de las hojas agitadas por el viento;  que van desprendiéndose para formar la fértil alfombra cromática que en otoño cubre todo el bosque.

En mis frecuentes y distintos encuentros con la naturaleza suelo detenerme  a reflexionar acerca de la perentoria necesidad que tenemos  de  conservar  -en el mejor estado de plenitud- este rico patrimonio común para que, al igual que hoy nosotros, puedan disfrutarlo en su día las generaciones futuras.

_MG_3937En dicho sentido, me reconforta saber que este bosque de bosques ha sido declarado Zona de Especial Conservación;  precepto que da cumplida satisfacción a cuantos reivindicamos, por simple sensatez,  la necesaria protección de la naturaleza.

Prosigo mi recorrido por este inmenso paraje natural en busca de otros rincones en los que detenerme a observar, mientras capturo imágenes con las que documentar mi actual labor de campo.

Pero antes de continuar con mi trabajo fotográfico quisiera referirme al acoso que sufrió Irati a principios del siglo XVII por parte de la industria maderera. Aunque no fue hasta finales del XVIII -momento en que la Marina española centró sus objetivos en estos colosales bosques- cuando se inició la explotación forestal de forma persistente y totalmente incontrolada, en la que intervinieron cientos de trabajadores.

En aquella época se empleaba el sistema de almadías -balsas formadas por varios tramos de maderos amarrados entre sí mediante jarcias vegetales-  para conducir los troncos por el cauce del río.  Fue con la llegada de la técnica norteamericana de los barranqueadores, en la segunda década del siglo XX, cuando empezaron a bajarse por el río los troncos sueltos. Un duro oficio que precisaba de cuadrillas con largas pértigas para desenganchar  las habituales acumulaciones de maderos.

La tecnología vino a imponer, en los años 40 del pasado siglo, el uso de cables aéreos colgados de torres metálicas para el traslado  de la madera de estos bosques; método que quedó obsoleto en la década de los 70 tras la apertura de pistas forestales. Y así hasta el presente; en que, por otra parte, se ha impuesto una estricta política de economía sostenible que mantiene un  justo equilibrio en la relación entre hombre y naturaleza.

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Después de este paréntesis narrativo para referirme a una parte de la historia vinculada a la selva de Irati, y sin querer entrar en otras cuestiones alejadas de mi interés medioambiental, reanudo mi andadura por el bosque de los bosques; en la actualidad uno de los mayores y mejor conservados de Europa occidental, y cuya extensión supera las 15.000 hectáreas entre ambos valles navarros sobre los que se asienta.

Abandono los caminos más frecuentados en busca de una mayor intimidad; en comunión con aquellos elementos que configuran la enorme masa forestal de Irati… donde el silencio envolvente domina el espacio y merece el respeto de su pureza. Donde el simple ruido de mis pisadas sobre la hojarasca se revela disonante, y por lo que requiero la indulgencia de esta naturaleza virginal que estoy hollando.

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Me detengo a contemplar detenidamente el entorno -que se manifiesta exultante de colorido y un fuerte aroma a humus- , y observo en la esbeltez de uno de los árboles que tengo frente a mí un hongo de grandes dimensiones que centra toda mi atención.

Se le conoce como “pata de caballo” -por su forma característica- u “hongo yesquero”. Su nombre científico es Fomes fomentarius y crece sobre diversas especies de árboles, a los que terminará causando decaimiento y, finalmente, podredumbre.

Por lo general, el hongo seguirá viviendo para cambiar de parásito a descomponedor según el proceso natural del que se servirán otros seres vivos del bosque; como, por ejemplo, la Rosalia alpina, un escarabajo de un llamativo tono azulado  que se haya incluido entre las especies prioritarias a preservar dentro de la Directiva Hábitats europea.

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Como apunte anecdótico cabe mencionar que desde hace más de 5.000 años este hongo era utilizado para hacer fuego -de ahí el nombre popular de yesquero-, como así se desprende por los cuatro trozos de Fomes fomentarius  hallados entre las pertenencias que llevaba consigo el hombre de hielo de Ötzi; que vivió hacia el año 3.300 a.C. y cuyo cadáver momificado fue descubierto en 1991 por dos alpinistas alemanes, a 3.200 metros de altitud, en los Alpes de Ötztal, en la frontera entre Austria e Italia.

_MG_3968Sumergido en un bosque vertical de esbeltas y estilizadas hayas, cuyas elevadas copas se disputan incansablemente la luz que precisan en su diario subsistir, me  veo obligado a sortear una y otra vez este muro vegetal para avanzar en esta selva en la que hallo el placer de la soledad y disfruto de la calma que todo lo rodea.

De repente  oigo  un  sonido, una especie de ¡ptiik! y un fuerte repicar en madera, que me indica que tengo muy cerca un pico carpintero, y se trataría, en este caso, del Pico dorsiblanco (Dendrocopos leucotos).

Esta ave es la joya ornitológica de la selva de Irati, donde halla el hábitat adecuado por  estar muy  ligada a los hayedos  maduros,  en  cuyos  árboles -viejos y secos- encuentra alimento, como insectos y larvas, y en los que  horada la corteza para formar el nido. Se le escucha principalmente en primavera, pero también -aunque en menor medida- en otoño.

Intento localizarlo -sin moverme para no asustarlo- pero entre tanta masa forestal me resulta imposible. Añado que el Pico dorsiblanco es el pájaro carpintero más escaso, ya que su población apenas llega al centenar de parejas reproductoras; asentadas en su práctica totalidad en Irati.

Cuando dejo de escuchar su nítida voz, sin haber logrado divisarlo para tomar algunas instantáneas, salgo de mi escondite y prosigo mi camino por este insólito paraje; que nunca dejará de sorprendernos si se recorre con paso corto y mucha atención.

Y no había transcurrido mucho tiempo cuando me topé, al pie de un árbol y entre el musgo que cubría su base, con un grupo homogéneo de “seta de miel” (Armillaria ostoyae); el ser vivo conocido más grande y longevo del mundo, como así lo estima una parte de la comunidad científica que lo ha estudiado.

El Armillaria ostoyae es un hongo parásito que fructifica en la base de los árboles y su micelio -la parte subterránea que le permite absorber los nutrientes a través de una especie de hilos llamados rizomorfos- penetra por la raíz del árbol, tapona sus vasos y lo mata.

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Ocasionalmente, durante el otoño, este espécimen envía a la superficie algunas setas de color dorado y escamas fibrosas en el sombrero, siendo esto la única muestra visible de la inmensa masa que existe debajo de tierra; donde el hongo llega a alcanzar superficies de hasta diez kilómetros cuadrados.

_MG_9245Científicos norteamericanos detectaron -en la década de los 90- la presencia de Armillaria ostoyae  en los bosques de Oregón (EE.UU), y tras un exhaustivo estudio llegaron a la conclusión de que el micelio de un único hongo se había extendido a lo largo de 890 hectáreas -el equivalente a  1.665  campos de fútbol-.

La sorpresa fue aún mayor cuando los científicos, sabiendo cuánto crece aproximadamente un micelio al año, y midiendo su extensión, llegaron a la conclusión de que la edad del ejemplar era de unos 2.400 años. Y es que el secreto de su supervivencia podría estar en sus rizomorfos, tan resistentes que son capaces de soportar el fuego.

Cuando decido dar por terminada la jornada y volver sobre mis pasos,  me parece observar en la fisonomía de uno de los árboles que tengo ante mí la figura mimetizada de Basajaun, el señor de estos bosques, y que según la leyenda ya comentada solía simular ser un haya para pasar inadvertido ante los visitantes que se adentraban en sus territorios.

Me asalta la duda de si habrá algo de cierto en ello… ¿creíble, o no?

 

©   Texto y fotos: Francisco Martínez Romón

fmromon@gmail.com

De la serie “Mis Cuadernos de Campo

 

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