La lluvia fue incesante durante toda la noche y al despuntar el alba no se vislumbraba que las condiciones meteorológicas fueran a cambiar, por lo que en ese momento pensé que la jornada que había programado para fotografiar la berrea del ciervo acabaría ese día yéndose al traste.

Pero, afortunadamente, las pesimistas previsiones no se cumplieron y el inclemente chaparrón acabó convirtiéndose en un modesto calabobos; lo que a ningún fotógrafo de naturaleza avezado alcanza a asustar, sino todo lo contrario: le anima -y hasta agradece- porque sabe que bajo estas circunstancias pueden lograrse magníficos resultados, con imágenes -en la mayoría de ocasiones- sorprendentes.

El incipiente otoño avisaba de su llegada con esa nota de frescor que proporciona la lluvia, recibida con agrado en los agostados campos castellano-manchegos, donde el venado (Cervus elaphus) que habita sus dehesas y montes próximos había comenzado a sentir correr por sus venas la llamada de la naturaleza.

Su ronca y estentórea voz se dejaba oír desde hacía días anunciando a los cuatro vientos su febril virilidad para, de esta forma, hacerse desear por las hembras y advertir a sus posibles rivales de su fortaleza y decisión por conservar -lejos de cualquier intrusión externa- lo que estima ser su harén por derecho propio.

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Poco a poco el cielo fue abriéndose y la débil lluvia cesó, dejando en el entorno un suave y agradable olor a tierra húmeda mezclado con el perfume de las jaras, brezos y retamas que abundan por estos parajes; lo que viene a ser la chispa que enciende la pasión en los ciervos y da lugar a las vehementes escenas de berrea.

Instalado en un mimetizado escondite espero pacientemente a que aparezcan los primeros ejemplares en la llanura que se extiende ante mí; lugar éste frecuentado por los machos y sus respectivas hembras y donde suelen llevar a cabo la fase de apareamiento.
El estoico acecho comienza a rendir sus frutos con la llegada de un grupo de jóvenes hembras que -paradas frente a mí- parecen adivinar mi presencia… aunque siguen confiadas porque no acaban de descubrirme. Sólo el sonido que produce la cámara al disparar hace que, de vez en cuando, levanten la cabeza para observar y tratar de averiguar el origen de ese repetido “clic-clic-clic”.

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El macho y sultán de este grupo de damas llegó a continuación para alejarlas del lugar donde me hallaba escondido -como si hubiera intuido un peligro- comenzando después a emitir ásperos y roncos bramidos desde la distancia -quizás de aviso o, más bien, de amenaza-, por si a alguien se le había pasado por la imaginación cualquier acción contraria a sus deseos.

Es posible pensar que los animales sólo recelan de lo que alcancen a ver. Pero es cierto que también disponen de un sexto sentido que les advierte de aquello que puedan considerar irregular y, por lo tanto, peligroso. Es evidente que están acostumbrados a no bajar nunca la guardia. Les va en ello -muchas veces- la vida, aunque en esta ocasión no se diera el caso.

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El grupo no tardó en alejarse del lugar de la escena liderado por el macho -posiblemente siguiendo una actitud natural de conservación-, pero pronto aparecieron nuevos ejemplares, en mayor número y heterogéneos en edad, con los que esperaba poder conseguir los resultados que andaba buscando.

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Y la ocasión no se demoró, ya que uno de los machos allí presentes parecía predispuesto a la pelea para hacerse con una hembra a la que pretendía y que otro ciervo rival había comenzado a cortejar.

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Por su parte, el galán antagonista -dispuesto a satisfacer sus apetitos sexuales sin prestar la mínima atención a posibles competidores- no cejaba en su empeño y seguía acosando a la joven dama a pesar de la indiferencia que ésta le mostraba.

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En ese punto el duelo estaba servido y sólo quedaba esperar el instante preciso del enfrentamiento, que no tardó en producirse… El seco sonido del entrechocar de cuernas señaló el inicio de la pelea y ambos contendientes se acometieron con todas sus fuerzas para desplazar al contrario y obligarle a retirarse; y así hasta que uno de los dos ceda en su pretensión de liderazgo o posesión de la hembra.

No obstante la virulencia del choque, la contienda suele ser incruenta, aunque se han dado casos en los que las cuernas quedaron engarzadas de tal modo que la separación fue imposible y ambos contendientes acabaron más tarde muriendo “abrazados”.

Pero en el caso que nos ocupa la lucha sirvió -como es siempre el propósito buscado- para demostrar quién era el más fuerte y, por lo tanto, el merecedor de la cierva en disputa.

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La Naturaleza viene a demostrarnos una vez más su sabiduría al impedir -como medida para mantener el buen equilibrio de la especie- que ejemplares demasiado jóvenes y poco desarrollados, o por el contrario excesivamente mayores, puedan procrear; y para ello elige al mejor.

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Desde mi situación privilegiada pude presenciar esta espectacular y dramática escena, en la que se entremezclaban los mugidos, los chasquidos producidos por los bruscos choques de cuernas y la fuerza bruta de ambos contendientes. Y, por último, la monta de la codiciada dama. La naturaleza en estado puro. Y la fotografía en una de sus disciplinas más apasionantes.

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Caía la tarde y la oscuridad comenzaba a apoderarse lentamente del entorno cuando, a mi regreso de esta jornada de berrea, localizo en un altozano la hidalga y serena silueta de un soberbio macho que parecía observar el horizonte de las extensas tierras en las que un día, hace ya tiempo, llegó a reunir el rebaño de hembras más colosal que ciervo alguno podría llegar nunca a poseer.

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Me habían hablado de este ejemplar, al que los cazadores juraron respetar dado su noble y distinguido carácter, por lo que le apodan el Señor de la Dehesa. Su edad, actualmente, sólo le permite disfrutar de recuerdos y pasea solitario soñando -quizás- con esa época dorada que sabe nunca más volverá…

 

© Texto y fotos:
Francisco Martínez Romón
fmromon@gmail.com
De la serie “Mis Cuadernos de Campo

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