El gigante pétreo de Ifach

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Surgió rompedor en la noche de los tiempos, desde lo más profundo de las entrañas de la Tierra, abriéndose paso como titán enfurecido a través de las aguas marinas para mostrarse orgulloso al mundo. Hasta donde la vista llegara a alcanzar…

 

 

Peñón de Ifach denominaron al magnífico coloso, que con el discurrir del tiempo pasó a convertirse en el símbolo incuestionable de la villa alicantina de Calpe -en la comarca de la Marina Alta, frente al Mediterráneo-, donde afianzó sus raíces.

Y lo que antaño fuera baluarte y refugio de hombres y mujeres del lugar -quienes en sus empinadas laderas buscaban la necesaria protección frente a los ataques de piratas y otros enemigos- hoy lo es de una variada fauna, entre la que destaca -por su numerosa colonia- la Gaviota patiamarilla (Larus michahellis), cuyo carácter agresivo y territorial le impide compartir espacio con cualquiera otra gaviota autóctona.

 

 

 

   Por otra parte, en las altas y vertiginosas paredes calcáreas del Peñón de Ifach -acariciadas únicamente por la brisa marina y lejos de la molesta presencia humana- viene a anidar el Cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis), a quien podemos diferenciar fácilmente del Cormorán grande (Phalacrocorax carbo) -con el que comparte hábitat-, por el característico penacho que presenta en la parte superior de la cabeza y que da lugar al apodo.

 

Y mientras la gaviota ocupa la zona más accesible de este Parque Natural, el cormorán se limita a anidar en los acantilados y vivir de cara al mar, del que se nutre zambulléndose en sus aguas para pescar.

 

 

 

Con las primeras luces del alba me dirijo hacia este hermoso paraje

-ubicado entre las dos principales playas del citado municipio alicantino- para iniciar el camino de subida hacia el interior del Parque y acercarme hasta el “Mirador de Carabineros”, punto situado en el extremo oriental del Peñón desde el que se disfruta de una espléndida panorámica.

 

Encaro la cómoda, aunque prolongada y empinada senda, con paso lento pero firme -cargado con un equipo fotográfico que se me antoja pesado- para cubrir la primera etapa que me llevará hasta el túnel que, desde la cara norte del peñón desemboca en la zona que mira a levante; la que cada mañana ve aparecer la esfera solar tiñendo el horizonte marino de cálidas y variadas tonalidades.

 

La refrescante brisa que constantemente se deja sentir en este enclave natural supone una dosis considerable de alivio en el tramo de subida, al tiempo que contribuye a aventar la esencia aromática de las plantas que se enraízan en sus escarpadas laderas; haciendo más agradable -si cabe, para los sentidos- la visita a tan atractivo e idílico paraje, que con vocación marinera hiende su proa en las turquesas aguas del Mediterráneo cual inmenso navío.

 

Conforme asciendo por el sendero que discurre frente a la enhiesta y alta pared norte de este fenomenal coloso, observo cómo las plantas que aquí crecen -carentes la mayor parte del día de la suficiente e indispensable luz- buscan el sol que por escaso tiempo alcanza a iluminar esta umbría zona.

 

   En su continua lucha por la supervivencia, los grandes árboles -en este caso el Pino laricio (Pinus nigra) que arraiga con fuerza en el terreno rocoso de esta parte del Peñón- se arrastran y entremezclan, llegando a formar una tupida e infranqueable barrera de ramas, cuyo único objetivo es el de poder beneficiarse de la exigua luz solar que hasta ellos llega a diario.

 

Da muestra lo anterior de la dureza del medio, así como de la reciedumbre de estos ejemplares que no ceden ni un palmo en su coraje por vivir, a pesar de las dificultades con las que tratan cotidianamente.

 

 

 

 

 

IMG_0186Y a partir de aquí, toda precaución es poca debido a que las condiciones orográficas del Peñón han cambiado radicalmente. El panorama -con el valor añadido que representa la vista del mar Mediterráneo- es espectacular; pero la senda discurre por un terreno sumamente accidentado y peligroso -al menos para este fotógrafo ya entrado en años-.

 

De la mar me llega el aroma a yodo, algas y salitre… y del lado de la montaña huele a lentisco, cantueso y tomillo; fragancias éstas que el rocío nocturno se encarga de magnificar. Y en ese mismo espacio de tiempo, las aguas de este homérico mar -por las que el audaz Ulises navegó errante durante años de regreso a su querida Ítaca- comienzan a teñirse de carmín, naranja y ámbar anunciando el inicio de un nuevo ciclo del día; en el que la luz del Sol reinará hasta la llegada de la oscuridad, espacio nocturno regido por la Luna.

 

 

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Logrado mi propósito, y ahora con ambiente de luz de día, me recreo en la observación del arriscado terreno y -prescindiendo del trípode para mayor seguridad, mía y de la cámara- vuelvo a tomar algunas instantáneas del hermoso panorama que, desde la altura del “Mirador de Carabineros” tengo la dicha de disfrutar. Paisaje éste que conlleva un acusado contraste: el del mar y la montaña a un mismo tiempo; la horizontalidad de la superficie marina y las empinadas escarpaduras del Peñón.

Fotografiar a la inquilina por excelencia de este soberbio hábitat -la Gaviota patiamarillaes mi siguiente cometido; y a ello dedico todo mi empeño en el tiempo que resta antes de dar por concluida la jornada en este Parque Natural del litoral alicantino.

Encuentro un bello ejemplar -creo que se trata de una hembra, porque me parece que flirtea conmigo- y aprovecho la ocasión para dedicarle una serie de instantáneas en las que destacar su elegante porte y hermosa fisonomía. Me mira con mezcla de coquetería y seducción femenina y no veo el momento de decir basta… Admito que me conquistó.

 

Pero no hay que fiarse de estas atractivas aves, porque como dije al principio, son de carácter territorial y muy agresivas si estiman llegado el caso; sobre todo si consideran que se vulnera su espacio o corren peligro sus polluelos. Y no ven obstáculo alguno en el tamaño del intruso. Acercarse a un nido de gaviota -acción, por otra parte, improcedente- puede acarrear un serio susto para el transgresor.

Una vez me hube despedido de esta encantadora dama me quedé contemplando el ágil y majestuoso vuelo de otros ejemplares que surcaban sin cesar las alturas del Peñón. Me pregunto si Dédalo -el constructor del laberinto del Palacio de Creta- se habría fijado en estas aves antes de confeccionar unas alas similares con las que huyó de la isla junto a su hijo, Ícaro. Quién sabe…

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Y en esas estaba cuando una de estas gaviotas, a la que estaba fotografiando confiadamente, se abalanzó sobre mí y llegó a golpearme en la cabeza con una de sus alas en un claro intento de intimidación. Creo que anteriormente ya había hablado del mal carácter de estas aves… Ahora ya no me cabe la menor duda.

 

Pero en una de sus pasadas rasantes logré captar el instante en que viene derecha hacia mí batiendo las alas, como puede verse en la imagen que acompaña el texto.

 

Y como dos no discuten si uno no quiere… volví grupas y me alejé del lugar para no enfurecer más al rival que, al parecer, ese día se había levantado con muy mal pie… O pata, mejor dicho.

 

Viñeta©  Texto y fotos:

 

Francisco Martínez Romón

 

fmromon@gmail.com

 

De la serie “Mis Cuadernos de Campo

 

 

 

 

 

 

 

 

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