¿Por qué hacemos fotografías?

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Emoción 

Arte es la afirmación de la vida, dijo Stieglitz. La vida son emociones. Llanto, risa, ira, calma, gozo, melancolía, desesperación, esperanza, nostalgia, júbilo, desencanto, amor, deseo, odio, alegría, tristeza, pasión, indolencia, locura, serenidad;  palabras intensas que se me antoja anidan en la esencia de la fotografía. El gélido análisis mental de la imagen reflejada, aún en ocasiones inconsciente y acelerado, adolece de la ausencia de sentimiento que le proporciona el conectar aquél con las pulsiones que produce.

El cazador de imágenes transita por el mundo inmortalizando su tiempo, su momento, su vida y la del mundo que le rodea. La obsesión por mejorar sus fotografías envuelve su mente en una densa niebla  que le atora y perturba. Con el tiempo, la experiencia de la belleza, la felicidad, el dolor, el hombre y la naturaleza le transforma. Inicia así una travesía más sosegada e introspectiva que le conduce a descubrir sus sentimientos y relación con otros.

De entre todas las emociones que siente el ser humano, la risa, el alborozo, la alegría, en definitiva energías positivas, son las que mayoritariamente me produce el acto fotográfico. Estudios científicos demuestran que la risa es sumamente beneficiosa para el hombre, el optimista vive más. Además nos distingue del resto de especies animales. La risa es monopolio del hombre y  es más intensa en compañía. Eso explica la importancia que concedo al siguiente factor: Humanismo.

Humanismo

  “Amistad» fue la primera palabra que seleccioné como el último de los integrantes de la trilogía. El protagonista de la película “Hacia Rutas Salvajes”, al final de su viaje, moribundo, anota en su cuaderno: “La felicidad no existe si no se comparte”. ¡Eureka! 

 Amistad y relaciones sociales: el tercer pilar, el vértice último, el ángulo que perfecciona la terna. Como animales gregarios que somos, parece imposible una existencia plena en soledad, al fin y al cabo necesitamos del otro. Buscamos pareja, tenemos hijos, compañeros de trabajo, recordamos a nuestros padres, disfrutamos con los amigos nos que nos rodean y ayudan, discutimos con los que nos cuestionan, en definitiva: NOS NECESITAMOS. 

Hacemos fotos. Muchas veces, en compañía de otros. Inmortalizamos a nuestros iguales a través de nuestras instantáneas, revestimos nuestras paredes con ellas, las llevamos en nuestra cartera, tablet, teléfono móvil, las subimos a internet, flickr, facebook, twitter, linkedin, las incluimos en nuestro blog y web. Se convierten así en una prolongación de nuestro ser que busca el reconocimiento, la compañía, el afecto,  la respuesta y el cariño en un ejercicio de solidaridad unas veces,  narcisismo en ocasiones, afirmación de la vida las más.

Muchas pueden ser las razones por las cuales deseamos compartir nuestras fotos. De todas ellas la que menos me complace es la exhibirlas, cual trofeo de caza, con el único afán del halago y la alabanza, especialmente en el ámbito de la fotografía de naturaleza. Se convierte así en mercadeo, en puro objeto de comercio. No quiero decir con ello que no reciba con satisfacción las críticas amables, pero no son gentiles opiniones las que me impulsan a fotografiar. ¿Quién le pone precio al Arte?

Este tercer pilar es irrenunciable. Sociedad e individuo son una dualidad inseparable,  una conjunción fusionada de forma irreductible  como especie biológica que evolucionó hasta cotas de éxito merced al trabajo en equipo, a la experiencia plural, al conocimiento mutuo, la solidaridad y el crecimiento con base gregaria.

 El proceso de síntesis o selección del sustantivo que resumiese este concepto me resultó el más difícil. Este vértice descansa sobre lo que somos y a lo que pertenecemos, gremios artesanos, concentrados y mutuamente sostenidos. Sus relaciones no descansan necesariamente en la amistad, sino en valores incluso más transcendentes que,  extrañamente no puedo resumir. La elección final me inclina hacia el concepto de humanidad, de humanismo, de seres evolucionados que piensan, comparten, actúan, conviven, crecen, aman y mueren en sociedad. 

La Real Academia de la Lengua Española, en su tercera acepción, define el humanismo como actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos. Honestidad, tolerancia, respeto, sinceridad, amistad, altruismo, solidaridad, sencillez, lealtad, optimismo, confianza, valores todos ellos que debería inspirar la fotografía. Es cierto se dirá, que la cámara retrata también el lado amargo del hombre, el desvalor de sus acciones y sus míseras vergüenzas. Ciertamente así es, pero no es el camino que yo elijo.


 

El final del viaje

Este viaje inacabado sobre la fotografía  sigue para mí tres rutas que se definen cada vez con mayor nitidez. Esas tres rutas confluyen en una encrucijada donde se amalgaman  espiritualmente. Es cuando la fotografía trasciende la mimesis como finalidad y pone el acento en la esencia del hombre, descarnándose de su condición material y se fusiona simbióticamente con la naturaleza, con el universo al que pertenece y del que procede. Esa travesía no es solitaria. La compañía de amigos, fotógrafos y entusiastas que conozco en mi periplo, la nutren de enriquecedoras enseñanzas y experiencias aleccionadoras.

Fotografía es para mí, pues: Intelecto, Emoción y Humanismo.  Como proceso más allá del mero acto mecánico de apretar el disparador,  el fotógrafo concibe la imagen, medita sobre su contenido, mensaje, lugar y momento. Ese proceso viene condicionado por su propio ser y por sus conexiones emocionales, cognitivas y sociales, por sus vínculos con la tierra que habita, el mar que contempla y el aire que respira.

Las intrincadas ramificaciones entre  el ser, el contemplar, seleccionar, componer, sentir y apresar el instante, alcanzan su cénit en el disfrute con otros. Es  entonces cuando lo importante no es el archivo incorporado a nuestra cámara, sino el agregado a nuestra retina, nuestra memoria y nuestro corazón; cuando la imagen deja de ser una obsesión y se convierte en una energía exponencialmente creciente: cuando la búsqueda deja paso a un estado mental creativo en el que el entorno nos subyuga, nos atrapa, desmaterializa y fusiona con lo que amamos.

 Al punto nada descubro, nada pretendo en dicho sentido. Autores maduros, escritores, semiólogos, historiadores y fotógrafos han disertado prolijamente sobre cuestiones parecidas En cualquier caso sirvan estas líneas para rendir humilde y sincera pleitesía a todo el artesanado que hizo de la fotografía ARTE.

 La fotografía me hace mejor persona, ser más consciente de mi mundo, de mis relaciones con los demás. El resultado, aun cuando anhelando, en el fondo ya no importa. Es fugaz, superfluo, fútil, se diría que intranscendente.