Kurt Markus. Ed. Wild Horse Island Press. 2003

 

 “Todo es blanco y negro”

Esta breve pero reveladora frase de Edward Weston a su llegada a las dunas de Oceano en la costa de California, probablemente resume a la perfección el espíritu de este maravilloso libro de Kurt Marcus (Montana. 1947), destinado a mostrarnos uno de los más brillantes trabajos del genial fotógrafo norteamericano y de su no menos talentoso hijo Brett. 

El propio Kurt reconoce que fue hojeando un libro de (hasta ese momento desconocido para él) Edward Weston, cuando sus ojos se posaron en una de las fotografías que se mostraban, haciendo que desde ese momento nunca volviera a mirar el mundo de la misma manera. De repente las posibilidades de la fotografía parecen interminables.

Las increíbles imágenes de las dunas de Oceano de Edward y Brett Weston demuestran que ambos encontraron un lugar perfecto para calmar su hambre fotográfica. Un lugar ideal y absolutamente atemporal, destinado a producir una fotografía directa, sin pretensiones ni engaños. Probablemente por eso nos impactan tanto, y probablemente por eso no necesitamos nada más para entender que lo que estamos viendo es fotografía en estado puro.

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Brett Weston / Oceano. California. 1948

La relación de los Weston con este singular paisaje se inició con su descubrimiento por parte de Chandler, el hermano mayor de Brett, lo que atrajo la atención de su padre, iniciando así una etapa marcada por la exploración visual del lugar con intención de sentirlo de una forma plena y absoluta, llegando al punto de habitarlo realmente acampando a pocos metros de las dunas.

 Durante las épocas en las que podían estar juntos, padre e hijos pasaron gran parte del tiempo deambulando por la arena con sus cámaras al hombro, lo que resultaba extraño en aquel momento, pues, aunque hoy en día las fotografías de dunas son muy comunes, en 1931 no lo eran y de hecho la mayoría de los fotógrafos de la época no las consideraron un tema serio. Para los Weston realmente lo era y provocó una emoción que en el caso de Brett, hizo que se pasara muchas noches despierto esperando ansioso las primeras luces del día.

Tal como se describe en el libro, el amanecer fue siempre un evento maravilloso para Brett, y siempre lo celebraba como una oportunidad para trabajar. Sabía que el fresco de la noche calmaba el viento y hacía que el aire de la mañana fuera más claro, de manera que cuando los primeros rayos del sol revelaban las formas de las dunas, la increíble belleza de tan desértico paisaje ya podía ser fotografiada bajo el dramático efecto de la luz rasante. A partir de ese momento se centraba en buscar la composición adecuada, y cuando la encontraba el resultado de su visión resultaba sorprendente. En el visor de Brett el caos del paisaje era organizado por reglas que solo él conocía, y no era extraño que viera composiciones que otros no podían, dando como resultado imágenes que nos enseñan que Brett Weston tenía una intuitiva y especial percepción del medio, y una portentosa capacidad para ver fotográficamente. 

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Brett Weston / Oceano. California. 1934

Edward exploró el carácter dinámico de un espacio que no permanece estático durante mucho tiempo, pues a veces la superficie horizontal de las dunas se muestra como una alfombra de ondas que repentinamente son barridas por el viento, y en otros momentos da lugar a extrañas formas que introducen una dosis de misterio y complejidad en las ya de por sí sugerentes imágenes.

 La respuesta fotográfica del maestro norteamericano ante este paisaje cambiante es pura emoción, tal como él mismo reconoce en un extracto de su diario:

 “He hecho varios negativos de las dunas que marcan una nueva época en mi trabajo. Debo volver allí. ¡Aquello está hecho para mí! 

Esta reacción por lo que estaba aconteciendo ante sus ojos, queda reflejado en imágenes que muestran el dinamismo de las dunas como una parte fundamental del “espíritu del lugar”, interpretándolo en su cámara como una especie de efecto tridimensional, basado en la representación de los complejos patrones que llamaron su atención desde el primer momento, y que para su ojo entrenado necesitaban ser enfatizados por las sombras contrastadas creadas por el bajo ángulo del sol. 

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Edward Weston / Oceano. California. 1934

Su dominio de la luz queda patente al fotografiar un conjunto de crestas que parecían del mismo color bajo el efecto de una luz que las hacía planas y difíciles de distinguir, y que no fue hasta que se imprimió el negativo cuando se puso de manifiesto que la lectura monocromática había acentuado las marcas de ondulación de las dunas, al mismo tiempo que la luz del cielo gris pálido había agregado un fino borde blanco a sus contornos. 

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Edward Weston / Oceano. California. 1936

Es evidente que padre e hijo compartían una profunda pasión por este lugar, circunstancia que les permitió canalizar sus motivaciones artísticas, y expresarse creativamente dando como resultado el asombroso diálogo visual mostrado en DUNE. 

Como amantes de la buena fotografía deberíamos disfrutar de la profundidad y complejidad con la que estos dos grandes fotógrafos desarrollaron un trabajo que sin un talento como el suyo podría desembocar en una cierta monotonía, pero que muy al contrario nos ofrece el poder visual y la plasticidad de unas imágenes monocromáticas pensadas en el mismo acto fotográfico para expresar toda la riqueza del medio.

Y por supuesto, deberíamos prestar atención a las palabras de Kurt Markus cuando nos recuerda que probablemente Edward y Brett Weston estarían encantados de compartir con nosotros la austera belleza de las dunas de Oceano y el placer de ver las fotografías juntas de nuevo. 

Alma Natural. Noviembre de 2020

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