En la Reserva Biológica de Campanarios de Azaba, por José Luis Llopis

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Campanarios de Azaba
Reserva natural de la Fundación Naturaleza y Hombre

Crónica de José Luis Llopis Aracil

 

Una mañana en el hide o escondite, que diríamos aquí

Son las siete y media del sábado 22 de marzo de 2014 y hace algo más de media hora que ha amanecido; llevamos más de 12 horas del recién estrenado equinoccio de primavera, los rayos de sol se dejan ver con dificultad entre dos encinas vecinas y proyectan sombras chinescas sobre la pared de la habitación.

20140407_Reserva Biologica Campanarios de Azaba - AEFONA
El vaho de la ducha empaña ya el cristal del espejo; fuera debemos estar a 6º como mucho. Al fondo del pasillo se oye a Ruth trastear con el desayuno, debe de estar en pie desde las seis por lo menos. Recojo todos los objetivos, cámara y demás cachivaches en la mochila, un termo lleno de té, libreta, bolígrafo y libro por si acaso, nunca se sabe si estaré muy ocupado, lo que si sé es que estaré muchas horas allí dentro.

 

 

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Desayuno listo en la mesa, zumo de naranja natural, café y leche, huevos revueltos con bacon bien pasado y crujiente, aceite, mantequilla, mermelada y tostadas con pan de pueblo; así aguanto yo un día entero en el hide, que a partir de ahora llamaré escondite.

Cogemos los bártulos, mochilas, mesa, silla y nos disponemos a subir al pick-up (todoterreno con la parte de atrás descubierta a modo de camión), en cuya parte trasera llevará unos 25 pollos muertos y sin desplumar. Nos acompaña Eugenio, que tiene curiosidad por ver cómo es el recinto.

 

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Ruth tira los pollos con mucha habilidad, dejándolos a diferentes distancias del escondite, mientras yo me instalo y Eugenio coge algunas plumas que otro día debieron olvidar los buitres. Todo esto con una rapidez asombrosa; cuando vengo a darme cuenta, están cerrando la cancela del recinto donde se encuentran tres escondites estratégicamente colocados.

Son las nueve y media, aunque mi reloj marca las ocho treinta, se ha ajustado a la hora de Portugal y eso provocará que me despiste con la hora de comer.

La emoción empieza a oprimirme el pecho, los cuervos son los primeros en aparecer, aunque revolotean como si estuvieran jugando y no paran de graznar.

Enseguida aparecen —estos si que bajan— unos rabilargos, con su gorra negra que les cubre hasta los ojos, su cola azul y larga como para ir a una gala y sus plumas color ocre claro sobre su espalda, a modo de chal; se pasean por el recinto como eligiendo a qué pollo hincarle el pico y conscientes de lo elegantes que son.

A continuación, bajan unos cuantos mirlos machos con sus picos pintados de amarillo y sus plumas brillantes al sol. En estos momentos, sobrevuelan la zona una pareja de milanos, los cuervos no parecen ser sus mejores amigos y les obligan a emprender el vuelo; aprovechan para picotear un poco para demostrarles a los milanos de quién es el festín.

Sopla el viento y las nubes amenazan con cubrir todo el cielo. En estas circunstancias, dice Ruth que es probable que no bajen los buitres. Esperamos. Escondidos. Escribiendo. Cuando un par de cuervos pasa por encima del escondite, el aletear de sus alas suenan como si de un látigo se tratara.

Son las diez y media, las nubes han terminado de cubrir el cielo y han desaparecido todo tipo de aves; la incertidumbre y el temor al fracaso se asoma tímidamente por la rendija de la puerta, pero me niego a dejarlos entrar.

A lo lejos, muy alto, vuela una rapaz, a esa distancia soy incapaz de reconocerla. Empieza a bajar la temperatura, las manos me piden los guantes y me dispongo a calentarme con un té. El termo funciona perfectamente y el calor del té invade de placer etéreo todo mi cuerpo. Ha sido una buena idea traerme un termo repleto de una bebida caliente.

Ha habido sus más y sus menos entre los milanos y los cuervos, estos últimos parecen los dueños de la parcela.

Ya son las once y diez minutos, en lo alto del cielo se ven buitres volando y oteando la zona, serán como unos veinte, calculo. Pienso que no tardarán en bajar.

Las once y veinte, los cuervos siguen graznando, pero no consigo verlos. Los milanos, aprovechando que los cuervos están fuera del recinto, aunque cerca, sobrevuelan el comedero.

Algún cuervo ha bajado a darse una vuelta, parece que comprueba que está todo en su sitio. Suena un nuevo silbido por atrás que no reconozco. Me sirvo otro té calentito.

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Me siento espectador y protagonista de una película al mismo tiempo.

Otra pareja de milanos se posa en la encina que hay al fondo a la izquierda. De repente, llegan hasta seis o más, se nota que la unión hace la fuerza, los cuervos ya no intentan alejarlos.

El sol parece que quiere aparecer de vez en cuando. Los silbidos aumentan, por número y variedad, qué pena no poder distinguirlos. Ahora hay más buitres sobrevolando sobre mi cabeza, parece como si estuvieran esperando la autorización de la torre de control para aterrizar. Ya deben de ser más de cuarenta, pero no consigo que se estén quietos para contarlos.

Siento que la emoción va in crescendo. Son las doce menos veinte y se están acercando, ahora consigo distinguir las plumas de los extremos de sus alas.

Vaya, se ha levantado un poco de viento y han vuelto a desaparecer. Esto del viento los puede retrasar o incluso hacer que no bajen, pero en nuestra línea positivista esta idea no tiene cabida, así que pienso que, aprovechando el viento, estarán dejándose mecer por él y planeando sin rumbo; los pollos pueden esperar, enfriar, no se les van a enfriar más.

Un milano solitario ha intentado posarse en el suelo y, antes de que lo hiciera, ha aparecido un grupo de cuervos, son los amos del lugar.
Las doce, vuelven los rabilargos y los mirlos, los buitres han dejado de planear y se dejan ver de nuevo a lo alto. Los cuervos sobrevuelan por encima de rabilargos y mirlos para recordarles quién manda ahí; cuando lo hacen, los otros salen despavoridos.

Las doce y cuarto, ha llegado el primer buitre, impresionante; se trata de un buitre negro, no sé si será el más joven o el más viejo, pero está claro que inspecciona el terreno antes de que los demás bajen a comer. Está más que alerta, gira su cuello, yo creo, que más de 360º, sin cambiar de postura, mueve la cabeza ante el más mínimo sonido, eso sí, sin prisas, tiene todo el día por delante.

 

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La una menos veinte y el vigilante sigue reportando o elaborando su informe. El sol vuelve a salir tímidamente; a pesar de ello, unas cuantas gotas aparecen sobre el cristal espía que me oculta. No interfieren demasiado en las fotos, de hecho, las amplío y en el visor de la cámara no se aprecia; después en el ordenador seguro que se notará algo, pero nada que no se pueda salvar.

La una menos diez, la pareja de milanos decide sobrevolar la zona y cambia de posadero; los silbidos se hacen muy evidentes, parecen de milanos, pero yo solo veo a la pareja, el caso es que suenan por todas partes, o eso me parece a mí.

No hay señales de los buitres. De vez en cuando, el buitre de la torre de control mira en mi dirección; me dan ganas de agacharme, tiene una mirada francamente penetrante, pero claro, ahora que lo pienso, estará viendo su propio reflejo y probablemente le sorprenda que haya otro buitre haciendo su trabajo y esa competencia no le debe de hacer ninguna gracia.

La una, el buitre baja rodeado de cuervos, como si lo escoltaran o quisieran mostrarles las ricas viandas que han guardado para ellos. De inmediato, empiezan a bajar todos, lo hacen de golpe, no he podido ver cómo bajaban, de repente ya estaban todos aquí, debe de haber 50, 60, 100… yo qué sé, un montón; no sé dónde enfocar, me debato entre ver el espectáculo y sacar fotos, necesitaría cuatro cámaras y ocho brazos. Hay buitres leonados y buitres negros, algunos se acercan tanto a la cabaña, que parece que quieran entrar. Desgarran los pollos con una facilidad que asusta un poco. Los buitres negros tienen aspecto de niños malos, con sus plumas despeinadas, hombreras al viento, cuello cubierto y pico con pintura de guerra al más puro estilo apache y de color azul; te dan ganas de llamar a la policía.

 

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Las dos menos veinte, se terminó el banquete, se lo han comido todo, no han dejado ni una pluma; algunos reposan después de la comilona, otros han alzado el vuelo y yo también descanso un poco, me sirvo otro té mientras me recupero de más de un dolor, hasta ahora desconocidos para mí; me duelen el dedo gordo y el índice de tanto disparar, pero lo más sorprendente es que también me duele un poco el pecho y, después de darle alguna vuelta al asunto, compruebo que cuando voy a hacer una foto, dejo de respirar por un instante… y llevo más de 1200 instantes sin respirar…, así que tomo aire tranquilamente una y otra vez, saboreo el té que sorprendentemente sigue caliente y el dolor remite.

Habíamos quedado a las dos para comer, se suponía que yo tenía que llamar cuando hubiera terminado, pero como la hora en mi reloj se había cambiado sin mi consentimiento, al mirar el reloj, para mí era todavía la una menos veinte; tengo tiempo de hacer muchas más fotos todavía. En la casa, Ruth y Elena se preguntaban por qué no llamaba todavía y especulaban sobre si tendría cobertura o no. A pesar de ello, optaron por darme más tiempo y no llamaron de momento.

Ha empezado a llover con fuerza, espero que sea solo una nube. Los tres buitres que quedan no solo no se mueven, sino que se han recogido sobre sí mismos formando una especie de bola que deje la menor superficie posible al agua de la lluvia.

Antes, justo cuando estaban terminando de comer, un buitre leonado se quedó mirándome fijo a los ojos y casi sin pensárselo se lanzó contra el cristal, golpeándolo con el pico y todo su cuerpo; inmediatamente, el susodicho y un buen número de secuaces alzaron el vuelo.

 

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Bueno, el sol sale con ganas y parece que calienta, los tres buitres que se han quedado aguantando el chaparrón airean sus alas abiertas de par en par, imagen muy bonita y que aprovecho para fotografiar. De hecho, este parece que me está saludando.

 

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Suena el teléfono, Ruth con voz de preocupación, me pregunta si está todo bien; le digo que sí y que ya pueden pasar a recogerme a las dos menos cinco. Me quedo pensando un instante, no entendiendo mucho ese tono de preocupada, miro mi reloj y veo que son todavía la una y media, aún me queda un cuarto de hora para empezar a recoger; hago las últimas fotos y, cuando me quiero dar cuenta, los buitres salen volando a la llegada del coche que viene a recogerme; ahora sí que no entiendo nada, recojo deprisa y corriendo y, una vez en el coche, se descubre el entuerto.

Ha sido una media jornada llena de emoción, sorpresa, expectación, miradas inquietantes, algún sustito, más de una foto digna y algún placer: un té calentito y un váter que, aunque rudimentario en un escondite como este, es un verdadero lujo.

Al repasar las fotos y debido probablemente a la emoción del momento, constaté que cometí más de un error; el que más rabia me dio fue no subir el ISO para poder disparar a más de 1/500 y, si se puede, mejor a más de 1/1000, de otra manera no podremos congelar a ningún ave en vuelo. Como “no hay mal que por bien no venga”, ya tengo la excusa, perdón, razón para volver otra vez y repetir la experiencia; además, ya empezaba a ponerle nombre a alguno de los buitres y no me gusta dejar las cosas a medias.

Espero que la crónica os despierte la curiosidad y que aquellos que no hayan tenido esta experiencia se decidan a tenerla.

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